Reflexión para el V Domingo de Pascua

La Buena Noticia es para todos. Lucas sintetiza el mensaje importante que Pablo y Bernabé tienen que decir a las iglesias donde habían evangelizado: "Por muchas tribulaciones..." En el contexto de Hechos significa que cada paso de expansión cristiana ha de hacerse necesariamente a través de persecuciones, misterio divino que se esclarece únicamente a la luz de la muerte de Cristo como origen y meta de la misión cristiana. Otro mensaje es: "Él ha abierto a los gentiles el camino de la fe". En este contexto pone de relieve que el único acceso posible a la salvación de Dios no es la circuncisión, sino la fe. La Iglesia de este tiempo no tiene parroquias, ni clero, ni instituciones, ni libros, sólo la Biblia. El Apóstol debe organizarla de manera que pueda continuar. Harán las reuniones en torno a la cena del Señor. Además de la eucaristía, cada uno participa a los demás sus propios dones espirituales. Lo mismo que las comunidades judías tenían responsables "ancianos" o "presbíteros", así también entre los cristianos se hace la imposición de manos a responsables, "presbíteros", que dirigirán y presidirán la eucaristía. Así entendemos mejor que una misión no alcance su meta si no logra formar comunidades de cristianos adultos, con responsables propios y con la participación activa de sus miembros.

2.- Un mundo nuevo. El Apocalipsis nos dice que cuando ya no exista el viejo mundo, en el que reina el dolor y la muerte, se cumplirá la visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Desaparecerá el mar, esto es, el caos y surgirá una nueva creación. Si confiamos en Dios, que es poderoso para cumplir lo que promete y hace con su promesa nuevas todas las cosas, podemos dar por hecha la tierra nueva y el nuevo cielo. Dios es el Otro, lo verdaderamente Nuevo. Él es el que saca todas las cosas del pasado y las llama hacia sí mismo. Cuantos esperan con esa esperanza son hijos de Dios, pertenecen ya a la ciudad celeste y a la nueva creación. En ellos se manifiesta la nueva vida.

Es la "hora" de Jesús, la de su exaltación en la cruz, la de su gloria y la de la gloria del Padre. Porque es la hora del amor en el momento preciso, en el momento en que va a ser traicionado. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es amor. Pero esta hora de la glorificación es también la hora de las despedidas. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento. El testamento de Jesús, su verdadera herencia, es el mandamiento nuevo: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo, ya conocido en el Antiguo Testamento, lo amplió para que cupiera en él incluso el amor al enemigo y lo destacó entre todos los mandamientos como la plenitud y perfección de la Ley. En este contexto, Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre hermanos. Quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado y como él los ha amado, hasta la locura. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. Lo que importa es la praxis de la fraternidad. El amor nos hace superar todas las dificultades y nos hace vivir alegres y confiados, como subraya San Agustín:

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vinculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos. (San Agustín, Sermón 350)

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