MEDITACIÓN PARA EL DOMINGO II, TIEMPO ORDINARIO

Jesús es quien quita el pecado del mundo. No habla el evangelio de hoy del pecado de cada
ser humano sino del pecado del mundo. Jesús, figura de “el siervo” en la primera lectura, se
hace “luz de las naciones” para que la salvación que Él trae y que Él mismo es, llegue a
todos los rincones de la tierra. Al quitar el pecado del mundo nos libera de la fuerza de la
fatalidad, desdramatiza la historia humana. ¿Qué es este pecado del mundo? Este pecado
justifica estructuras que hacen perdurable y eficaz la realidad del mal. En el mundo hay una
realidad que llamamos mal y que va más allá de lo que cada uno de nosotros hacemos. Sin
embargo, es el resultado del egoísmo humano y de la ausencia de fraternidad. Pero el
cristianismo dice que el mal no forma parte ni del proyecto creador, ni del ser de las cosas,
ni de una especie de fatalidad con la que hubiera que pactar. Que Jesús sea quien quita el
pecado del mundo quiere decir que nunca hay nada definitivamente perdido… que todo
puede ser salvado, que tiene sentido nuestro esfuerzo por recuperarnos, por
responsabilizarnos ante la acción del mal que daña al inocente. Este es el regalo de Jesús,
su misión. Alguien espera, necesita que también sea la nuestra

 

 

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