HOMILÍA DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

 

HOMILIA, DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Celebramos la Eucaristía en este domingo 29 del Tiempo Ordinario, Jornada mundial de la Propagación de la fe. DOMUND. Hoy es un día para reafirmar nuestra fe en Cristo Jesús muerto y resucitado por nosotros.

El Lema de este año:  Bautizados y enviados, nos sitúa en la dinámica de nuestra vocación y consagración bautismal. El Señor nos ha elegido para que anunciemos su nombre y demos testimonio de nuestra fe  a tiempo y a destiempo.

Hoy es necesaria la Evangelización. Necesitamos evangelizar nuestros ambientes cotidianos, nuestras familias, nuestros lugares de ocio y diversión, y tal vez necesitemos dejarnos interpelar personalmente por la llamada personal que Cristo hace de cada uno de nosotros.

El DOMUND no consiste en una limosna o colecta que  hacemos una vez al año, y que suele ser muy generosa. El DOMUND es algo más, es la conciencia clara que Cristo me envía a er testigo de su amor en un ambiente cada vez más ateo y descristianizo.

Y podríamos preguntarnos: ¿Cómo doy testimonio de mi fe?; ¿Qué hago para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Es urgente, muy urgente la tarea de la Evangelización, porque si no lo hacemos  nuestro pecado será el de la cobardía, la dejadez, el abandono y la pereza.

Dios aborrece a los que no somos ni calientes ni fríos, es decir a quienes hacemos de nuestra vida cristiana un compromiso muchas veces adulterado y que no supone apenas riesgos. El Señor nos está pidiendo en esta jornada mucho más.  Abranos nuestro corazón a su Espíritu para que El nos transforme.

El Evangelio nos dice que es necesario pedir con confianza. Si el domingo pasado Jesús nos recordaba que tenemos que dar gracias en nuestra oración por los dones que Dios nos regala, hoy nos recuerda que también es bueno pedir. La verdad es que no hace falta que nos recuerde que pidamos, pues es lo que hacemos habitualmente, más difícil nos resulta dar gracias. Sin embargo, también es bueno pedir, por eso Jesús cuenta la parábola del juez inicuo para explicar cómo tenemos que orar siempre sin desanimarnos. Al pedir reconocemos nuestra limitación y ponemos nuestra confianza en Dios.

Como dice San Agustín "la fe es la fuente de la oración, no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua". Es decir, quien pide es porque cree y confía. Pero, al mismo tiempo la oración alimenta nuestra fe, por eso le pedimos a Dios que "ayude nuestra incredulidad".

Pidamos al Señor en este domingo fuerza y coraje para anunciar la fe, la que nace de la Pascua. La que transforma el corazón de todos aquellos que se  abrazan a Cristo y le aman de verdad.

 

Fr. Angel Antonio García

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