Parroquia Santo Tomás de Villanueva

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Actualidad

22-06-2019

Reflexión para el día del Corpus.

El jueves después de celebrar la Santísima Trinidad celebramos otro de los misterios más hermosos e importantes de nuestra fe: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Esta fiesta, instituida en el siglo XIII, nace como un modo de recordarnos el admirable misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Aunque esta fiesta corresponde celebrarla el jueves, recordando el jueves santo, día en que se instituyó la Eucaristía, sin embargo, para favorecer que podamos participar en esta celebración, la Iglesia ha trasladado esta fiesta a domingo.

1. Presencia real de Cristo. El misterio de la Eucaristía, que es el centro de la celebración de hoy, es un misterio admirable: en las especies de pan y vino, después de ser consagradas por el sacerdote en el altar, está realmente presente el mismo Cristo. Como cantamos en el cántico eucarístico Catemos al Amor de los amores, tan típico de este día, “Dios está aquí”. Como hemos escuchado en la segunda lectura, de la primera carta de Pablo a los Corintios, la noche en la que Jesús iba a ser entregado, en la Última Cena, reunido con sus discípulos en el cenáculo, celebró con ellos la institución de la Eucaristía. Al repartir el pan ácimo que los judíos comían en la cena pascual, Jesús les dijo: “Esto es mi cuerpo”, y al pasar la copa de vino mezclada con un poco de agua, dijo: “Esta es mi sangre”. Así, cada vez que celebramos la Eucaristía y un sacerdote repite estas mismas palabras de Jesús sobre el pan y el vino, éstos se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. De este modo, en ese trozo de pan que vemos en la Eucaristía, y que, como es costumbre hoy saldrá en procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades, se esconde el mismo Cristo. Salir hoy en procesión con la custodia es una manifestación hermosa de nuestra fe eucarística. Al engalanar nuestras calles y al adorar a Cristo Eucaristía poniéndonos de rodillas a su paso por nuestras calles estamos manifestando que creemos realmente en esa presencia de Cristo resucitado en el pan de la Eucaristía. Dios está realmente ahí, en medio de nosotros, dispuesto a seguir dándonos su cuerpo entregado y a derramar su sangre por nosotros.

2. Alimento para el camino. Al dársenos Cristo en el pan de la Eucaristía, su cuerpo es entonces para nosotros alimento del alma, alimento que nos sustenta en el caminar de nuestra vida. Como Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció a Abrahán pan y vino cuando éste venía de la guerra, Cristo nos ofrece a nosotros ya no un pan cualquiera que sacia nuestra hambre y fortalece nuestro cuerpo, sino que nos da su propio cuerpo que alimenta nuestro espíritu. En el día a día, en nuestro caminar por la vida, vamos superando dificultades, luchas, e incluso dudas serias y crisis de fe. La Eucaristía es para nosotros, así nos la ha dado Cristo, un alimento del espíritu que nos fortalece interiormente, que nos une íntimamente con Cristo. Comulgar su propio Cuerpo, como hacemos en la Eucaristía, es entrar en comunión con Cristo. Él perdona nuestros pecados, nos entrega de nuevo su cuerpo y su sangre y nos fortalece para que seamos sus testigos en el mundo, proclamando su muerte y anunciando su resurrección. Del mismo modo que no podríamos vivir sin comer, ya que nuestro cuerpo se debilitaría y no podríamos ni siquiera andar, así también sucede con nuestro espíritu: si no lo alimentamos frecuentemente con la Eucaristía también él se debilita.

3. “Dadles vosotros de comer”. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que no basta con alimentarnos cada uno de la Eucaristía. Comulgar el Cuerpo de Cristo nos ha de llevar siempre a comulgar también con nuestros hermanos. De nada sirve recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía si después no me preocupo por mi hermano que está sufriendo o tiene necesidad. Por esto, con razón celebra hoy la Iglesia el día de Caritas. Caritas es el brazo de la Iglesia que se dedica especialmente a la atención de los más necesitados. No es una ONG o un grupo de voluntariado. Caritas es la misma Iglesia que se pone al servicio de los más necesitados, y todos los cristianos somos Caritas, pues estamos llamados a dar de comer a quien lo necesite. En el Evangelio de hoy hemos escuchado el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces, un anticipo claro de la Eucaristía. Ante aquella muchedumbre inmensa de personas que habían acudido para escuchar al Maestro, Jesús exhorta a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo dar de comer a una muchedumbre tan grande con tan sólo cinco panes y dos peces? La generosidad, cuando brota del auténtico amor cristiano, cuando se convierte en verdadera caridad, alcanza a todos aquellos que la necesitan. La llamada de Jesús, “Dadles vosotros de comer”, nos la hace hoy también a toda la Iglesia.

Celebrar el admirable misterio de la Eucaristía, presencia real de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre, es celebrar el amor de Dios que desea permanecer cerca de nosotros. Él se nos da como alimento para nuestra vida. Pero no quiere que nos lo quedemos sólo para Él. Siguiendo el mandato del Señor, hoy compartimos el pan de la Eucaristía, lo adoramos en la procesión propia de este día, pero también lo celebramos con sinceridad ayudando a quienes lo necesitan, dando de comer al hambriento, compartiendo nuestra propia vida con los demás.


16-06-2019

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Dios es amor. El misterio de la Santísima Trinidad -Un sólo Dios en tres Personas distintas-, es la revelación central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo. Misterio es algo que sólo podemos comprender cuando Dios nos lo revela. Aunque es un dogma difícil de entender, fue el primero que entendieron los Apóstoles. Después de la Resurrección, comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre. Y, cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo. Comprendieron, sobre todo que Dios es amor entre personas. Tras escribir un extenso tratado con el título "De Trinitate", San Agustín llegó a la conclusión de que vemos estas cosas en espejo y en enigma, pues es un misterio, pero sí podemos darnos cuenta de que "se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad".

2.- Amor entre personas. Dios se manifiesta en la historia como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo vemos claramente en la historia de la salvación: en la Creación, en la Encarnación y en Pentecostés. En la Creación, Dios Padre está como principio de todo lo que existe. La creación es la obra amorosa de Dios. Contemplándola surge en nosotros la admiración y la acción de gracias del Salmo 8: "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!". El hombre es la criatura más perfecta realizada por el Creador, pero a su vez es pequeña ante la inmensidad de la creación. En la Encarnación, Dios se encarna, por amor a nosotros, en Jesús, para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna. En Pentecostés, el Padre y el Hijo se hacen presentes en la vida del hombre en la Persona del Espíritu santo, cuya misión es santificarnos, iluminándonos y ayudándonos con sus dones a alcanzar la vida eterna. Ahora, en esta etapa final de la historia, es la hora del Espíritu. Con su ayuda y su fuerza viviremos nuestra fe. Ser cristiano no es cuestión sólo de doctrina, pues donde de verdad demostramos que lo somos es con nuestra vivencia. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. No lo echemos en saco roto. ¿De qué nos serviría conocer algún bien, si no lo amásemos? Acerca del misterio de la Santísima Trinidad lo más importante es que conocemos que Dios es comunidad, amor entre personas. Este amor llega a nosotros, pues “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Carta a los Romanos).

3.- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Al hacer la señal de la cruz pronunciamos el nombre de las tres personas de la Trinidad, "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" Es costumbre repetir frecuentemente estas palabras, principalmente al principio y al fin de nuestras acciones. Cada vez que hacemos la Señal de la Cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos el misterio de la Santísima Trinidad.

- En el nombre del Padre: Ponemos la mano sobre la frente, señalando el cerebro que controla todo nuestro cuerpo, recordando en forma simbólica que Dios es la fuente de nuestra vida.

-...y del Hijo: Colocamos la mano en el pecho, donde está el corazón, que simboliza al amor. Recordamos con ello que por amor a los hombres, Jesucristo se encarnó, murió y resucitó para librarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna.

-...Y del Espíritu Santo: Colocamos la mano en el hombre izquierdo y luego en el derecho, recordando que el Espíritu Santo nos ayuda a cargar con el peso de nuestra vida, el que nos ilumina y nos da la energía para vivir de acuerdo a los mandatos de Jesucristo, pues “no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir” (evangelio de Juan).

Al hacer la señal de la cruz manifestamos que Dios es comunidad de amor y que nos ama personalmente a cada uno de nosotros. Esto es lo que tenemos que anunciar a todos, sabiendo que Dios está con nosotros hasta el final de los tiempos.

09-06-2019

Reflexión para el Día de Pentecostés

- La palabra como instrumento de unión. La palabra nos humaniza y construye fraternidad. Por tanto, debiera preocuparnos sobremanera el uso y el abuso que hacemos de la palabra. En nuestros días se abusa de la palabra en la publicidad y en la propaganda, lo que lleva a su devaluación y desprecio; disminuye de forma alarmante la competencia lingüística en las nuevas generaciones. En las redes sociales se difunden de forma interesada las noticias falsas, las Fake News. Pero si los hombres ya no se entienden hablando, ¿cómo pueden entenderse? y si no se entienden los unos a los otros, ¿cómo pueden vivir juntos? La Biblia nos dice que la confusión de lenguas, sin importarle nada de nadie, y sin respeto alguno a los que hablan o piensan de modo distinto, lleva a la división y a la dispersión de los pueblos, como sucedió en Babel.

2.- ¿Se entiende nuestro mensaje cristiano? Los cristianos somos portadores de un mensaje que debemos anunciar a todo el mundo y, con frecuencia, advertimos que nadie nos entiende o que no conseguimos hacernos entender. ¿Será que tampoco nosotros escuchamos a los demás?, ¿o acaso hablamos de memoria, sin espíritu, y como quien no cree lo que está diciendo?, ¿será que hacemos "propaganda de la fe" sin tener fe? El misterio que celebramos hoy, la venida del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre la cabeza de los apóstoles es la réplica de Dios a la confusión de las lenguas, a la torre de Babel. Pero vino sobre ellos el Espíritu Santo y les concedió la capacidad de hablar y el valor para confesar en público que Jesús es el Señor. Porque "nadie puede decir que Jesús es el Señor a no ser por el Espíritu Santo". De otra parte, el Espíritu es el que abre los oídos para escuchar el evangelio. Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, romanos, árabes, cretenses... escucharon en su propia lengua el mismo evangelio. El acontecimiento maravilloso de Pentecostés irrumpe en un mundo fraccionado en lenguas y culturas, y, sin suprimir las diferencias, sienta las bases para una fraternidad universal. Necesitamos preparar nuestro interior para recibir al Espíritu santo. Así lo recuerda San Agustín: “Por tanto, si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad. Amén”. (San Agustín, Sermón 267)

3.- Una nueva vida y un nuevo lenguaje. Un modo nuevo de hablar no tiene sentido si no es expresión de una vida nueva. De ahí que el problema que padecemos los cristianos, el problema de comunicación es en principio un problema de vida, de auténtica fe, de una fe con obras. Porque una fe sin obras está muerta y no tiene nada que decir al mundo. Si hemos sido bautizados por rutina y vivimos el cristianismo como una costumbre, el evangelio no llegará a los hombres y no podrán entender lo que les anunciamos. Añadiremos confusión a la confusión de lenguas que padece nuestra sociedad. La evangelización será un poco más de propaganda, un poco más de ruido. No contribuiremos en absoluto a la convivencia y al entendimiento entre todos los hombres de la tierra.

4.- El don de perdonar los pecados. Cristo ha dicho: "A quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados" Este don lo da el Espíritu Santo. Promoción humana no es sólo sacar de la pobreza al hombre para que tenga dinero. Si no ha entrado en esta promoción de hacerse hijo de Dios, de nada sirve tener dinero y nada estorba ser pobre. La verdadera promoción es aquella que eleva al hombre hasta hacerlo santo. Esta es la verdadera promoción: la santidad. El Espíritu de la Santidad, se da precisamente para arrancar a los hombres de sus pasiones, de sus idolatrías, de sus pecados, de sus desórdenes, de sus egoísmos, de sus injusticias. Debemos dar gracias a Dios porque la Iglesia cumple este deber, y no prohibamos que la Iglesia señale el pecado en el mundo y quiera arrancar a sus hijos de ese pecado. Cuando dice a la fuerza política o a la fuerza económica que no abusen de los débiles no se está más que cumpliendo su deber de desterrar el pecado del mundo y promover a los hombres por el verdadero camino de la promoción y de la santidad.

18-05-2019

Reflexión para el V Domingo de Pascua

La Buena Noticia es para todos. Lucas sintetiza el mensaje importante que Pablo y Bernabé tienen que decir a las iglesias donde habían evangelizado: "Por muchas tribulaciones..." En el contexto de Hechos significa que cada paso de expansión cristiana ha de hacerse necesariamente a través de persecuciones, misterio divino que se esclarece únicamente a la luz de la muerte de Cristo como origen y meta de la misión cristiana. Otro mensaje es: "Él ha abierto a los gentiles el camino de la fe". En este contexto pone de relieve que el único acceso posible a la salvación de Dios no es la circuncisión, sino la fe. La Iglesia de este tiempo no tiene parroquias, ni clero, ni instituciones, ni libros, sólo la Biblia. El Apóstol debe organizarla de manera que pueda continuar. Harán las reuniones en torno a la cena del Señor. Además de la eucaristía, cada uno participa a los demás sus propios dones espirituales. Lo mismo que las comunidades judías tenían responsables "ancianos" o "presbíteros", así también entre los cristianos se hace la imposición de manos a responsables, "presbíteros", que dirigirán y presidirán la eucaristía. Así entendemos mejor que una misión no alcance su meta si no logra formar comunidades de cristianos adultos, con responsables propios y con la participación activa de sus miembros.

2.- Un mundo nuevo. El Apocalipsis nos dice que cuando ya no exista el viejo mundo, en el que reina el dolor y la muerte, se cumplirá la visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Desaparecerá el mar, esto es, el caos y surgirá una nueva creación. Si confiamos en Dios, que es poderoso para cumplir lo que promete y hace con su promesa nuevas todas las cosas, podemos dar por hecha la tierra nueva y el nuevo cielo. Dios es el Otro, lo verdaderamente Nuevo. Él es el que saca todas las cosas del pasado y las llama hacia sí mismo. Cuantos esperan con esa esperanza son hijos de Dios, pertenecen ya a la ciudad celeste y a la nueva creación. En ellos se manifiesta la nueva vida.

Es la "hora" de Jesús, la de su exaltación en la cruz, la de su gloria y la de la gloria del Padre. Porque es la hora del amor en el momento preciso, en el momento en que va a ser traicionado. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es amor. Pero esta hora de la glorificación es también la hora de las despedidas. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento. El testamento de Jesús, su verdadera herencia, es el mandamiento nuevo: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo, ya conocido en el Antiguo Testamento, lo amplió para que cupiera en él incluso el amor al enemigo y lo destacó entre todos los mandamientos como la plenitud y perfección de la Ley. En este contexto, Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre hermanos. Quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado y como él los ha amado, hasta la locura. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. Lo que importa es la praxis de la fraternidad. El amor nos hace superar todas las dificultades y nos hace vivir alegres y confiados, como subraya San Agustín:

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vinculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos. (San Agustín, Sermón 350)

12-05-2019

Reflexión para el IV Domingo de Pascua

1.- No fue fácil coger el testigo de Jesús en el anuncio del Evangelio. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran que, aunque el anuncio de la salvación ofrecida en Jesucristo a los judíos y a los gentiles se apoya en la misma Escritura, los judíos reaccionan desfavorablemente y promueven incesantes persecuciones en todas partes. La mayoría de los judíos se guían por la justicia de la ley y consideran una blasfemia lo que Pablo les anuncia sobre la gracia. Su segregacionismo religioso se llena de celos ante la generosa acogida que otorgan los gentiles a la nueva fe. No son capaces de reconocer la salvación de Jesucristo, que se ofrece a través de los apóstoles, los pastores que Dios envía para guiar a su pueblo. Hoy día tampoco es fácil ser testigo de Jesús en un mundo descristianizado e indiferente. Pero hacen falta pastores más que nunca que sean valientes y se comprometan en la tarea.

2.- No nos anunciamos a nosotros mismos. En las catacumbas los cristianos representaron a Jesús como el Pastor que lleva sobre su hombro a la oveja perdida. Los ministros –servidores-- de la Iglesia asumieron este título de Jesús, entendiendo su misión como una prolongación de la de Jesucristo. El báculo del obispo se asemeja al cayado que utilizan los pastores para guiar con cariño y amor a sus ovejas. ¿Lo perciben así hoy día los cristianos? El pastor va por delante marcando el camino, acompañando, soportando fríos y calores, superando todos los contratiempos. Nunca debemos olvidar que Jesucristo es el auténtico Buen Pastor, al cual todos seguimos. No nos anunciamos a nosotros mismos, ni vamos por libre, somos enviados por Dios y por la comunidad a anunciar la Buena Noticia. No sembremos discordia o división por nuestros personalismos mal entendidos. Por eso nos recuerda San Agustín en el comentario a este evangelio: “Estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien en él todos una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que anunciéis todos lo mismo y no haya entre vosotros cismas (1 Cor 1,10). Oigan las ovejas esta voz liberada de todo cisma, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: Las ovejas que son mías, oyen mi voz y me siguen”.

3.- Distinguir los buenos y malos pastores La imagen que utiliza Jesús es muy sugestiva, aunque en una sociedad urbana como la nuestra quizá pase desapercibida y no tiene un significado tan rico como lo tenía en la civilización rural. Puede que alguno piense que la actitud que debemos tomar es la del “borreguismo”. Pero nada de esto quiere decir Jesús. Él siempre invita a seguirle, nunca obliga a nadie, sino simplemente respeta nuestra libertad. Si el buen pastor cuida de sus ovejas, debemos plantearnos esta pregunta: ¿nos dejamos guiar por el auténtico Pastor, o nos dejamos seducir por otras voces que nos engañan y se aprovechan de nosotros? ¿A quién seguimos?, ¿cómo distinguir al buen del mal pastor? Por sus obras, es decir por su entrega los conoceremos. Observemos qué es lo que buscan los pastores, veamos cómo sirven a los más necesitados, miremos su entrega y su generosidad, examinemos si su vida es consecuente con lo que predican.

4.- “La valentía de arriesgar por la promesa de Dios”. Hoy se celebra la LVI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones cuyo tema es “La valentía de arriesgar por la promesa de Dios”. El Papa Francisco, recordando sus palabras en la Jornada Mundial de la Juventud de Panamá, reflexiona en esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones sobre cómo la llamada del Señor “nos hace portadores de una promesa y, al mismo tiempo, nos pide la valentía de arriesgarnos con él y por él”. Francisco señala que la vocación comporta “promesa” y el “riesgo”. Esto puede observarse contemplando la escena evangélica de la llamada de los primeros discípulos en el lago de Galilea. “La llamada del Señor –asegura el Papa– no es una intromisión de Dios en nuestra libertad; no es una ‘jaula’ o un peso que se nos carga encima”. Por el contrario, es la “iniciativa amorosa con la que Dios viene a nuestro encuentro y nos invita a entrar en un gran proyecto, del que quiere que participemos”.

04-05-2019

Reflexión para el tercer Domingo de Pascua

Testimonio valiente. Las lecturas nos invitan hoy a reflexionar en el tema del testimonio. Los apóstoles comparecen a juicio ante el consejo del pueblo. Pedro toma la palabra en nombre de todos los apóstoles para reafirmar con valentía la fe en Cristo Jesús resucitado. La fuente de donde brota el derecho a la libertad de predicación es la muerte de Cristo. Jesús, por decisión de Dios, ha sido nombrado salvador de todos y colocado el primero de todos los salvados. Los que han perseguido a Jesús también perseguirán a los apóstoles. Proclamar la resurrección del Señor supondrá a los discípulos la dificultad de implantar el mensaje y la alegría del triunfo. La respuesta de Pedro da razón del valor que anima al apóstol: el hombre tiene que ser siempre fiel a Dios. La respuesta del apóstol es una denuncia, ya que obliga a tomar posición ante el mensaje. Así el acusado se convierte en acusador. La obediencia no es un acatamiento pasivo, sino saberse en línea con Dios y sacar de ahí ánimo necesario para lanzarse a la transformación del mundo. Muchos cristianos en el siglo XXI siguen dando su vida por Cristo. ¿Estás dispuesto tú a dar testimonio en tu oficina, en tu familia, ante tus amigos? El ambiente en que vivimos es difícil, pero hoy día el testimonio es más necesario que nunca.

2.- Amén, así sea. En la misma línea del testimonio del resucitado, Juan en el Apocalipsis ve a Cristo junto a Dios en la figura de un cordero: su nombre recuerda, a la vez, al cordero pascual y al siervo de Dios, que toma sobre sí los pecados del mundo. Parece degollado (muerte), pero está de pie (resurrección), vivo y eternamente vivo. Jesucristo, el Cordero inmolado, es el único en el cielo y en la tierra que merece recibir de Dios todo poder. Los coros de los ángeles entonan un cántico de alabanza, y a ellos se unen todas las criaturas del mundo visible. Toda la creación tributa un mismo canto a Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero. La última palabra en esta alabanza la pronuncian los cuatro vivientes. Con su "Amén" se cierra esta maravillosa liturgia, inmediata cercanía de Dios.

3.- Jesús te hace hoy la misma pregunta. El texto del evangelio de Juan está insertado, como un apéndice, en el cuadro de las apariciones pascuales, pero muestra su interés especial en Pedro y Juan, el discípulo amado. No se muestra el testimonio de esas dos personas en su dimensión individual, sino más bien en una dimensión representativa: Pedro representa la autoridad; el discípulo amado de Jesús, la comunidad. Según el autor, la base comunitaria es quien descubre antes a Jesús, y la autoridad es la que debe estar a la escucha de la primera. No puede la autoridad actuar al margen de la comunidad.

Los discípulos quedan invitados a participar del alimento que les ofrece el Señor resucitado. La celebración de la comida eucarística, eucaristía de culto y eucaristía de vida, es para el cristiano el lugar cumbre de la vivencia de la resurrección. Hoy Jesús resucitado se reúne con nosotros porque quiere hacernos comunidad, porque quiere renovarnos en la fe, porque quiere hacernos testigos. Como hizo con Pedro, la única pregunta que nos hace es si lo amamos, si lo queremos. Pedro le contestó desde el corazón: “Señor, Tú lo sabes todo. Sabes que te quiero.” Jesús lo sabe todo, sabe cuánto amamos, sabe cuánto deseamos darnos. Animémonos nosotros a contestar como Pedro la pregunta que le hace Jesús. Así lo expresa San Agustín en su sermón sobre este evangelio.

Amémosle, pues; nada tengamos en mayor aprecio. ¿Pensáis acaso que el Señor no nos hace la misma pregunta a nosotros? ¿Sólo Pedro, y no nosotros, mereció ser sometido a aquel interrogatorio? Cuando se lee esta lectura, cada cristiano sufre el interrogatorio en su corazón. En consecuencia, cuando escuchas al Señor que dice: Pedro, ¿me amas?, piensa en él como en un espejo y mírate. Pues ¿qué era Pedro, sino una figura de la Iglesia? Por tanto, cuando el Señor interrogaba a Pedro, nos interrogaba a nosotros, interrogaba a la Iglesia.

20-04-2019

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

¡Feliz Pascua! Estamos ya en el esplendor del gran Día de la Resurrección de Cristo. ¡Ha resucitado Cristo, el Señor! A pesar de la situación de pecado y muerte que existen en el mundo, hoy la Iglesia unida a su Señor proclama dichosa el gran misterio de la vuelta de Jesús a la vida, pero ahora indestructible y absolutamente gozosa. Dejémonos inundar por la gracia de este hecho que nos llena de esperanza segura y eficaz con la fe cristiana que hemos recibido en nuestro bautismo. La Resurrección de Jesús es la celebración cumbre y central de todo el Año Litúrgico que se renueva cada domingo. Es la verdad nuclear de nuestro cristianismo, como fundamento, contenido y raíz de nuestra fe, esperanza y caridad. Es el momento cumbre de la vida de Jesucristo y del plan de Dios Padre para salvar a los hombres muertos por el pecado.

2.- Vida nueva. La Carta a los Colosenses nos anima a buscar los bienes de arriba, junto a Cristo. Recibimos la semilla y el comienzo de una vida totalmente nueva para todos los que creemos en Él, incorporados a la Iglesia que vive de esta luz vivificante de su Resurrección. Cristo resucitó de entre los muertos y es el primero de todos los que por la fe habremos de resucitar con Él. La Resurrección de Cristo es pues el misterio central de nuestra fe, aunque de ninguna manera puede ser constatado por las ciencias de manera directa, pues es un hecho totalmente inédito y trascendente que está más allá del espacio y del tiempo, camino abierto hacia la eternidad que únicamente se conquista por la fe y con la luz de la ciencia humana sujeta a esta fe trascendente y misteriosa.

3.- Testigos de la vida. Por el bautismo hemos quedado injertados en la muerte y resurrección de Cristo. La fuerza y gracia de este maravilloso acontecer en la existencia de los cristianos puede y debe traducirse de múltiples maneras en la vida cotidiana. Resucitar es tarea y meta de cada día. Nuestra peregrinación por el mundo es conquistar en cada momento el estado de “resucitados” cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios. Hacer oración constante es resucitar en la comunión con Dios. Las obras de misericordia que practiquemos con nuestros hermanos, especialmente los más débiles y desamparados… son formas de resucitar. Cuando pedimos perdón o lo otorgamos a quienes nos han ofendido…es resucitar. Ser diligentes y comprometidos en nuestras responsabilidades de estado y cada día, también son formas de resucitar. Cuando nos privamos de algún gusto, una comodidad, un tiempo libre que dedicamos a otros, estamos resucitando. Aceptar con paciencia, amor y generosa entrega nuestras enfermedades, pruebas y desamparos, son facetas de nuestra misteriosa resurrección. Demos testimonio de nuestra experiencia como lo hizo Magdalena con Pedro y Juan y como hicieron ellos con todos: vieron, creyeron y testimoniaron que Cristo estaba vivo.

07-04-2019

Reflexión para el V Domingo de Cuaresma

1.- El Deutero Isaías es un profeta consolador que anuncia mensajes de liberación. Su mensaje es agua viva para la sed que los desterrados tienen. Un profeta atento a los signos de los tiempos: "¿No lo notáis?". Y los signos anuncian esperanza y liberación. Pero la liberación de los desterrados no vendrá de Ciro el persa, sino de Dios del éxodo y de los manantiales, el Dios capaz de sacar agua de la roca y hacer ríos en el desierto. La novedad que anuncia el profeta es la liberación y salvación del pueblo. Si en el primer éxodo abrió Yahvé caminos en el mar, en este segundo hará brotar ríos por el desierto y transformará una situación de muerte en otra situación de vida. El autor introduce un rasgo poético para expresar el cambio que se anuncia en la historia de Israel: hasta las fieras del desierto se alegrarán por el agua del desierto, también ellas recibirán de Dios la comida y la bebida abundante. Las liberaciones históricas del pasado son garantía de la intervención presente. La liberación presente continúa y profundiza las del pasado. Ahora esta liberación se nos regala a nosotros. Sólo en la medida en que estemos dispuestos a recibir esta gracia será posible olvidarse de lo que queda atrás y lanzarse a lo que está por delante, como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses.

2. – Hipocresía. ¡Qué fácil es condenar al otro y disculpar nuestro propio comportamiento! "El que esté sin pecado que tire la primera piedra". Hoy día seguimos condenando, somos jueces implacables de los demás. Los males, decimos, son muchos, pero los culpables son los otros, o las estructuras... No queremos reconocer que todos somos corresponsables, por acción o por omisión, del mal y de la injusticia que sufre nuestro mundo. Esto se llama hipocresía. Hay quien dice que Jesús cuando escribía con el dedo en el suelo (por dos veces) estaba señalando los nombres de los acusadores, que se convertirían de este modo en acusados. Quizá lo único que pretendía era dar tiempo para suscitar la reflexión y hacerles caer en su incongruencia. Tal vez escribía el nombre de los muchos pecados que habían cometido. Jesús les invita al examen personal de conciencia para que reconozcan también la hipocresía social que condena a la mujer. Desenmascarados, van saliendo de uno en uno.

3- Triunfa misericordia. La palabra y la mirada tierna y misericordiosa de Jesús es la que salva y levanta a la mujer pecadora de su postración. Sólo el Señor es capaz de reconstruir a la persona por dentro para convertirla en nueva criatura. Sólo Jesús puede cambiar la orientación de nuestra vida para que podamos cantar que "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres". La gracia del perdón está por encima de la justicia. La palabra de Jesús y su actitud contra estos hipócritas produjo el efecto deseado. Jesús se sentó de nuevo, mientras sus enemigos se marchaban avergonzados. Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia.

30-03-2019

REFLEXIÓN PARA EL IV DOMINGO DE CUARESMA

Dios es misericordioso y bueno con nosotros. La intención de Lucas en la llamada "Parábola del Hijo Pródigo" es manifestar la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. Si hay una palabra que resuma el mensaje de la Cuaresma de este año es ésta: "misericordia". El padre del "hijo pródigo" fue ciertamente misericordioso, porque llevaba a su hijo en el corazón, en sus entrañas más profundas. Demostró que le quería porque formaba parte de su ser. Por eso recibió a su hijo con los brazos abiertos, sin reprocharle nada. Le había perdonado incluso antes de que su hijo se lo pidiera. Así actúa Dios con nosotros. Espera que volvamos a su encuentro, porque es en su regazo, acogiéndonos a sus entrañas amorosas, como podemos ser felices.

2.- El hijo menor representa al discípulo autosuficiente. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. No vuelve a casa porque ame a su padre, vuelve porque ama su vida. No vuelve a casa porque quiere ser mejor sino porque no quiere morir en el camino. Ni siquiera vuelve como hijo, se contenta con ser un criado más. No vuelve porque le duele el corazón sino porque le duele el estómago. Es un retorno egoísta, interesado. Sabe que el padre lo va a recibir. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona.

3.- El hijo mayor no ha comprendido la misericordia del padre. El hijo mayor, resentido, necesitado de reconciliación también, recrimina al padre: “ese tu hijo” -ni siquiera lo llama su hermano- El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites. El "hijo que no era pródigo" no supo, o mejor, no quiso ser misericordioso, quizá porque le faltaban entrañas o porque su corazón era duro como una piedra.

4.- Un padre que sale al encuentro. El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola, que debería llamarse mejor "Parábola del Padre Pródigo en amor", o "Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona". Es magnífico saber, hermanos, que a su padre no le interesa saber si su hijo está arrepentido, no le interesa conocer los motivos por los que regresa, no le importa que su hijo vuelva a hacer lo mismo otra vez. Ha vuelto a casa. ¡Qué alegría! Es consolador saber que Dios no me exige un corazón puro para abrazarme. Es consolador saber que Dios me recibe cuando vuelvo porque no he encontrado la felicidad en mis fiestas y pecados, cuando vuelvo por egoísmo para encontrar seguridad y paz. El amor de Dios no necesita que le expliques nada. Dios se contenta con tenerte en casa. El amor de Dios no pone condiciones. Dios se contenta con tu presencia. El amor de Dios es una relación de Padre. El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huida ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, solo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos?

4.- Debemos ser como el padre. La actitud de Dios es la acogida, la comprensión y el perdón. Es semejante a lo que me contó hace unos días un joven: "Una mañana cuando me dirigía al trabajo en mi coche recién estrenado fui golpeado levemente en el parachoques por otro automóvil. Los dos vehículos se detuvieron y el chico que conducía el otro coche bajó para ver los daños. Yo estaba asustado, reconocía que la culpa había sido mía. Me daba terror tener que contarle a mi padre lo que me había sucedido, sabiendo que sólo hacía dos días que mi padre lo había comprado. El otro chico se mostró muy comprensivo tras intercambiar los datos relativos a las licencias y el número de matrícula de ambos vehículos. Cuando abrí la guantera para sacar los documentos me encontré con un sobre con una nota de puño y letra de mi padre, que decía: "hijo, en caso de accidente, recuerda que a quien quiero es a ti, no al coche". Yo pensé al escuchar este relato: si esto lo hacen los padres y los amigos, cuánto más Dios que es Padre misericordioso. Pensé además, que Dios nos da siempre una nueva oportunidad. No quiero ser sólo el que recibe compasión, quiero ser el que la ofrece. Intentaré ser como el Padre: "¡gustad y ved qué bueno es el Señor!" (salmo 33). Ser bueno no es simplemente no meterse con nadie, es hacer el bien, salir al encuentro del que está angustiado, perdonar y amar entrañablemente, como nos enseña Jesús en la parábola.

09-03-2019

Reflexión para el Primer Domingo de Cuaresma

1.- La palabra de Dios ayuda a vencer la tentación. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. En el desierto Jesús es tentado. En la primera tentación, el diablo pretende que Jesús resuelva sus propios problemas, el hambre, utilizando para sí el poder que ha recibido del Padre. Es la tentación de bajar de la cruz y no beber el cáliz que el Padre le ha preparado: "A otros ha salvado y a sí mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él". Jesús vence con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Toma su argumento y su defensa del Deuteronomio. La palabra de Dios, expresión de la voluntad del Padre, es poderosa para mantener al hombre en la verdadera vida. Ella es el auténtico alimento de Jesús. En la segunda tentación el diablo muestra a Jesús fantásticamente, "en un instante", todos los reinos del mundo. Se vanagloria de que todos le pertenecen y se los ofrece con tal de que se haga su esclavo. Si hubiera cedido a la tentación del poder, Jesús no hubiera muerto en la cruz. Pero Jesús prefirió luchar contra esa tentación, recurriendo también a la palabra de Dios. La tercera tentación enlaza mejor con la primera. Pues el diablo toma pie en la confianza de Jesús en la palabra de Dios: Si se vive de la palabra de Dios, ¿por qué ha de temer la muerte el que confía en esa palabra? El diablo quiere inducir a Jesús a un abuso de confianza en la palabra de Dios, que promete proteger al justo. Es la tentación de disponer a ultranza de Dios y de tomarle la palabra, en vez de ponerse confiadamente a su disposición. Jesús responde de nuevo con otra cita bíblica.

2.- Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras: el hambre, que simboliza todas las “reivindicaciones” del cuerpo; la necesidad de seguridad y fama, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo; la sed de poder, el temible instinto de dominación. Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio, lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3.- Dios nos acompaña en la tribulación. Dios no quiere exponernos al mal, sino que es cada uno el que es probado por la concupiscencia que le arrastra y le seduce. Dios es el que nos da la fuerza para vencer la tentación y salir victoriosos sobre nuestros instintos. El no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas; antes bien, “con la prueba dará también la salida”. La gran tentación es “pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar”. Está bien que pongamos en juego los medios de nuestra inteligencia y voluntad, pero no debemos olvidar que sin Cristo no podemos hacer nada. Así lo pedimos en el Salmo: “Acompáñame, Señor, en la tribulación”.

3.- La hora de la conversión. Hoy se nos hace una llamada a la conversión, entendida como “metanoia” (cambio de mente y de corazón). Es el momento de ahondar en nuestra experiencia de encuentro con Cristo. No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable, nos dice el Papa en su mensaje de Cuaresma: “Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagamos prójimos a nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

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